Esto es algo que realmente me toco el corazón y siendo sincera, estoy derramando unas lagrimas pero lo contaré porque tal vez les mueva un poquito el corazón y se acuerden se aquellas personas que en ocasiones nos consienten o a veces también son renegones, yo sé que la mayoría los llama anticuados y yo también lo he hecho pero ahora hablaré de una persona muy especial para mí, uno de mis abuelitos. Últimamente escuché una canción de Topogigio, (un ratón animado de muchos años atrás) la letra era así: “mis abuelitos son los papas de mis papitos” y me nació la idea de escribir sobre ellos.
Pues el que más marco mi vida y del cual se trata esta lectura es: mi abuelito Carlos E., el popular “conejito”, papá de mi mamá, en la casa solo a él y a mi abuelita se les trata por “usted”, tiene y siempre ha tenido cara de malo, mis papás y mis tíos desde pequeños nos enseñaron y les siguen enseñando a los enanos, a tenerle miedo y a respetarlo. Ahora con solo una docena de cabellos blancos en la cabeza a pesar de ser un poco gruñón me inspira ternura y me causa risa muchas veces porque no entiende la tecnología de ahora, porque a veces ve a mi abuelita y dice “esta vieja ya esta hasta la hueva”, fastidia a mi hermano diciendo que su polo es color mugre, se queda dormido leyendo el periodico o porque simplemente le gusta hacer renegar a mi tía Elena.
Recuerdo que cuando tenía 6 años aproximadamente, mi abuelito me sentada a almorzar a su lado y a punta de llamadas de atención me decía que me sentara bien, las 2 manos en la mesa, ¿qué tanto te mueves, tienes Parkinson? (aun me dice eso) y que comiera todo, sobre todo las alverjas verdes del arroz y que no me levantara de la mesa a menos que haya terminado, siempre quería silencio; le agradezco tanto ahora que me puedo dar cuenta que todo lo hizo por mi bien, y a pesar que mi mamá dice que me engreían muchos mis abuelos no recuerdo que haya hecho conmigo lo que hace ahora con “la banda del choclito”; a ellos les soporta que se demoren al comer, que hagan bulla, les da un sol para que terminen de comer (mientras niños en la calle mueren por esa comida), se pone a jugar con los más chiquitos como Valentina y se le cae la baba por Ismael, recuerdo que cuando nos dijeron que mi prima estaba embarazada en lugar de enojarse como si lo hicieron mis tíos, a él le broto una sonrisa de la cara tal vez porque nunca se imaginaba poder ver a su bisnieto y consentirlo como a nadie en esta casa. Y un día me senté a su costado, mientras el cabecilla de la banda le daba unos botes a la pelota de futbol, le pregunté qué jugaba de chiquito y me comenzó a contar:
“Allá en La Asunción (un pueblo de Cajamarca) en el campo jugábamos futbol, trompo, huaraca me iba a cazar vizcachas con mi hermano que tenía muy buena puntería con su escopeta”- me contaba
¿Qué son las vizcachas? – preguntaba extrañada
“Las vizcachas son como un zorro, silban las desagraciadas y su carne es banquita muy rica” – me decía
¿Y usted salía de fiestas cuando tenía mi edad? – mi curiosidad desbordaba por escuchar la respuesta a esto
Si, cuando había fiestas nos íbamos, antes la gente era más sana nos divertíamos más tranquilos – me contó mirando al vacio recordando sus “buenos tiempos”.
Mientras me contaba veía un brillo lindo en sus ojos y escuchaba con una atención que ni siquiera a la Tv se la doy, no recuerdo haber hecho esto antes con él y les sugiero que lo hagan es muy bueno y despeja un poco la mente el imaginarse las historia que cuentan. Y así es que terminé la tarde escuchando las historias de un viejito que solo espera pasar los últimos años de su vida feliz, sin nada de que renegar o preocuparse que solo desea divertirse y que sus nietos guarden un lindo recuerdo de él en sus mentes, y aunque sé que no leerá esto porque a las justas usa un celular en que él solo sabe presionar la tecla verde para contestar una llamada, mis primos y demás relacionados entenderán esto:
“SE HA PERDIDO EL ABUELO, AY AY AY, CAMINO A LAREDO AY AY AY”

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